martes, 30 de mayo de 2017

La fábrica de la felicidad

Tan acostumbrada a perseguir lo imposible, tan acostumbrada a caer sin poder levantarse, decidió aferrarse a la fantasía de que el cambio le daría lo que tanto había estado esperando. Sin embargo, todo siguió igual. Sus objetivos, lo que perseguía, no eran más que ilusiones y ella seguía sin encontrar su lugar. Poco a poco, comenzó a entender que probablemente estaría sola para siempre, que el ser humano está condenado, no a la soledad, sino a esperar que esa soledad sea finita, a creer que alguien puede llenar ese vacío que parece intrínseco a la especie entera. ¿Acaso saberlo la hacía más feliz? Para nada. El conocimiento y la felicidad son dos cosas que no suelen ir de la mano y, pensándolo mejor, quizá prefería la segunda antes que la primera. Ignorante y feliz, qué lindo sonaba eso.
Caminó y caminó hasta llegar a su destino, la fábrica de la felicidad. Había tomado una decisión en el momento mismo en el que sus ojos se abrieron de par en par y supo que no volvería  a ser capaz ni si quiera de pestañar. Al entrar, se encontró con rostros sonrientes que le indicaron el camino hasta la oficina de su doctor. Intercambiaron dos o tres palabras de cortesía pero, en ese estado, ella no era capaz de verlo con buenos ojos. Decidió pasar de la conversación trivial y le pidió que se apresurara a realizar su trabajo así podía irse; así su sufrimiento existencial pasaría al mundo del olvido.
El sol le pareció más brillante que nunca cuando salió; los caminantes, usualmente el recordatorio de esa soledad que tanto la aterraba, se convirtieron en posibles piezas del rompecabezas  que completaría y llenaría el vacío de su corazón. El mundo le parecía un lugar lleno de esperanza; se sentía feliz. ¿Y sus miedos? ¿Y sus preocupaciones? Esas palabras ya no existían en su vocabulario.

Caminó y caminó y siguió caminando, en busca de esas nuevas ilusiones que con tanto ímpetu solía perseguir y que tanto dolor le habían causado en un pasado muy lejano.

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